El vals del gulag

El vals del gulag

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a atrocidad humana no entiende de fronteras, ni credos, ni edades; tampoco la esperanza, dicen. El vals del gulag tiene un poco de ambas. Cuento de búsqueda y ausencias, de opresión y supervivencia, transita entre las luces y las sombras de la condición humana, reflejo de los mecanismos implacables del dolor y el perdón.

Un joven y feliz matrimonio trabaja y cría a sus dos hijos en la URSS tras la II Guerra Mundial, en los días más severos de la represión stalinista. Inopinadamente, el hombre es arrestado bajo acusaciones imprecisas (no se necesitaba más) y condenado a diez años de trabajos forzados en los campos siberianos. Las noticias, escasas y deprimentes, minan la confianza en esa espera interminable. Al fin, la muerte de Stalin propicia una amnistía. Pero el hombre no vuelve a casa. Los organismos oficiales se desentienden y la mujer, con determinación, se lanza a los caminos tras sus pasos.

El francés Denis Lapière, al argumento, y el español Rubén Pellejero, a los lápices, rebuscan en la infamia de la antigua Unión Soviética, en terrenos colindantes a los del mítico Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn, con la que tiene en común más que la palabra del título, o el sobrecogedor Maus de Art Spiegelmen, en lo que tiene de testimonio de un campo de trabajos forzados, pues al final todos se parecen. Lapière y Pellejero prefieren una mirada poética que, sin eludir la crueldad, la distancia, la amolda a una cuestión intelectual (en la página 37, la mujer escribe: “Y entiendo que el fin de todo esto es convertir a los hombres en bestias“). Ambos prefieren destinar sus loas al poder vivificante del amor antes que dejarse contagiar por la cobardía y el sometimiento institucionalizados.

Pellejero, en una magnífica entrevista de nuestro compañero Toni Boix, revelaba los entresijos de su fructífera colaboración con Lapière, de la que aquí hemos podido ver varios álbumes, además del presente: Un poco de humo azulUn verano insolente, etc. No me resisto a extraer la siguiente cita: “Denis me ha hecho descubrir el potencial emotivo que puede llegar a tener una historia y me ha permitido profundizar en aspectos que van más allá de la mera estética del dibujo y me ha dado la ocasión para centrarme en lo verdaderamente importante de una situación a nivel visual y artístico. Después de trabajar con él valoro mucho más ese lado de riqueza y “verismo” humano en los personajes de cómic.” Todo ello está presente en El vals del gulag, como veremos. El guion, de estructura hábil, casi gimnástica, conjuga tiempos y momentos con facilidad inusitada. Sensible, sin perderse en juicios ideológicos, lo frena, sin embargo, una cierta insinceridad que bordea el ternurismo, como de historia contada a partir de lo que te han contado en vez de escrita con lo vivido en propia piel. No es evidente, no es molesto, ni siquiera se identifica en un primer contacto, pero quien tenga conocimiento de la literatura y el cine rusos notará que El vals del gulag respira de forma distinta, de forma -¿por qué no decirlo?- bastante occidental. Sin dejar de ser, por ello, una gran historia, más una fábula que un relato del horror desatado, como representa, en sus mismas páginas, el recurso metaficcional del libro dentro del libro, un diario que la madre y los niños escriben al padre ausente.

El inhumano talento del dibujante para la narración secuencial, del que antaño ya nos asombráramos al reseñar El silencio de Malka, resulta difícil de desentrañar y explicar convincentemente, por mucho que se indiquen las influencias en el trazo del norteamericano Alex Toth o en la cinética del belga Hergé, máxime cuando parece descansar en soluciones sencillas, que pasan desapercibidas si no nos paramos a dilucidar la causa de su portentosa efectividad. Lo mejor será aportar algunos ejemplos.

La íntima desolación y la cruda impotencia retratadas en cuatro magníficas viñetas
La íntima desolación y la cruda impotencia retratadas en cuatro magníficas viñetas

La historieta comienza con la lectura de una carta, fechada el 14 de julio de 1953, mientras un tren recorre las vías. Sin contemplaciones, la máquina atropella a un burro que tiraba de un carro y a punto está de hacer lo mismo con su dueño, quien, ya en la segunda página, echa cuerpo a tierra junto a las ruedas. El efecto es tan preciso que, sin onomatopeyas u otra muleta tal, nos parece oír el repiqueteo ensordecedor de las ruedas. En seguida sabemos que es un tren de prisioneros, por lo que no se detiene ante nada. Se perfila así, entonces, en metáfora de la misión de la protagonista, luchando contra una maquinaria imparable (el estado) que arrolla a los ciudadanos desprevenidos, sin afectación ni demora. En solo dos páginas. Las dos primeras páginas. Todo es visual. Información que absorbemos casi subliminalmente. Igual que las sensaciones. Con una simple elevación de la vista del terraplén, para que el cadáver del jumento salga por la mitad superior derecha del encuadre, dejando a la protagonista en el margen inferior izquierdo, Pellejero comunica esa tensión entre mirar y no mirar la escena que atrae el ojo a la vez que repugna al corazón. Hay multitud de muestras de esta sabiduría compositiva: en la noche de bodas, por ejemplo, la pareja está dispuesta en las tres viñetas superiores de la página 13 de forma que el movimiento ocular describa un semicírculo (la visión es más compleja, naturalmente, si atendemos a los accesorios).

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Descripción

En septiembre de 1946, a consecuencia de una denuncia anónima, Víktor Kolomeytsev es detenido y deportado a Siberia. Atrás quedan su mujer, Kalia, y sus dos hijos, Serioya y Yulia. Kalia escribe regularmente a su marido hasta que éste le pide que deje de hacerlo para no avivar la ignominia de su situación. Kalia, considerada como la esposa de un zek, un enemigo del pueblo, tratará de salir adelante por todos los medios.

En marzo de 1953 muere Stalin y, en los meses que siguen, millares de prisioneros regresan de los campos. Excepto Víktor. Kalia decide ir a Siberia a buscarlo. En su viaje descubrirá todo el horror de sus condiciones de vida y la instauración de una práctica particularmente perversa: el vals del gulag.

A través del destino roto de una familia corriente arrastrada por los meandros de la Historia, en la URSS de posguerra, Lapière y Pellejero nos ofrecen el retrato sensible y honesto de una mujer dispuesta a todo para recuperar a su marido.

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